Espacio en Blanco | Relato de Enero #OrigiReto2020

La nave Rapunzel IV vibraba en el espacio infinito. A su alrededor, las estrellas más cercanas parpadeaban en una sucesión de colores. Los millones de mundos flotantes giraban en sus órbitas en una especie de danza sideral en la que todo el cosmos estaba inmerso sin darse cuenta. La capitana Dina Skylar respiró hondo durante unos segundos y se agarró a la barandilla más cercana. Las piernas le temblaban. «La belleza del universo es sobrecogedora», habría contestado si alguien de la tripulación la hubiese visto en aquel momento. Sufría de una enfermedad crónica desde hacía varios meses: el síndrome del fuego negro. Frecuente entre los viajeros regulares por las estrellas. Surgida de las grandes presiones a las que sometían a sus cuerpos y los cambios de gravedad constantes que machacaban sus huesos. Y la peor parte se la llevaba el corazón que, poco a poco, iba perdiendo fuerza. Sus sacudidas eran cada vez más frecuentes. Cada día que pasaba le quedaba menos de vida. Apretó con rabia los dientes. Un suave suspiro la sobresaltó y miró hacia abajo, alejando su mirada de las estrellas fulgurantes. La piloto Noor Khan había abierto los ojos.

El planeta Mallim era una roca pequeña y salvaje en mitad del espacio. Sus habitantes eran granjeros de sal y vivían vidas sencillas pero peligrosas, sobreviviendo en extensiones de terreno con una climatología extrema, grandes depredadores que acechaban en las noches más frías e incluso otras tribus rivales dedicadas al saqueo y a la violencia con sus semejantes. Eso les convertía en unos seres con una capacidad innata y casi sobrenatural para detectar cualquier peligro. Con el paso de los años, aprovechándose de la evolución y la creación de planes eugenésicos avanzados y extensos, empezaron a nacer personas con unas capacidades todavía mucho más extraordinarias, siendo expertos en presentir emociones, peligros a escala planetaria, leer pensamientos e incluso, a veces, predecir el futuro. Los mallim los llamaron Soñadores. En el resto de mundos fueron conocidos como mutantes. Y, a pesar de las reticencias de otras civilizaciones, sus poderes resultaron de gran utilidad para viajar en el espacio.

Los cables conectados a la cabeza de Khan, como una larga melena metálica, tambalearon cuando la muchacha se desperezó mientras bostezaba. Con sus ojos profundamente verdes miró a Skylar y sonrió con su habitual alegría

—¿Estás bien, capitana? —preguntó.

—Estoy bien. Gracias, Noor. ¿Y tú? ¿Has podido descansar? —preguntó Skylar, esquivando cualquier pregunta relacionada con su enfermedad

—Sí, he recuperado casi todas mis energías. Y percibo que la nave está a punto, también —. Otra Sonrisa.

—Bien. Bien. Maravilloso. Esperaremos un poco a que toda la tripulación haya descansado y emprenderemos el gran paso.

La piloto asintió y miró, de soslayo, los nudillos apretados de la capitana. Supo de la enfermedad la primera vez que se conocieron. Los huesos de la capitana rechinaban como los goznes de una puerta oxidada. O así lo notó al verla caminar. Y Dina Skylar, la más intrépida e inteligente de la Flota Galáctica adivinó enseguida que aquella mutante de una roca perdida en la inmensidad del espacio sabía su pequeño secreto. Aquello las terminó uniendo más y pronto se volvieron uña y carne. A veces, incluso, algo más.

—Estoy nerviosa, ¿sabes? —suspiró Khan mientras miraba hacia las estrellas.

—Yo también… —contestó la capitana con un temblor muy diferente.

La nave Rapunzel IV despegó con la misión más arriesgada de la historia: volar más allá del borde de la galaxia. El horizonte final. Para ello contaba con la mejor tecnología y la mejor tripulación posible. Nadie sabía qué había más allá. Y todas las teorías parecían alocadas y fruto más de la especulación que de la realidad. La capitana Skylar comunicó por los altavoces de la nave que todo el mundo se acudiese al puente de mando para la última reunión antes de dar el gran paso. Los tripulantes se colocaron alrededor de la piloto, quién permanecía sentada en su asiento. La cúpula de la nave se abrió como una flor y la luz de las estrellas lo inundó todo todavía más.

—¿Cuántas habrá allá arriba? —preguntó Alissa Hopp, soldado de primer regimiento. La mejor de su promoción.

—Millones… —contestó Paul Gordon, el técnico jefe de la nave espacial.

Todas las miradas buscaron el cielo y permanecieron unos minutos observando el brillo sobrecogedor del espacio. Khan tragó saliva y sonrió antes de hablar.

—No quiero romper este momento tan especial, pero tenemos poco tiempo.

Skylar la miró durante unos segundos con dulzura. Carraspeó y habló con su mejor voz de capitana.

—Gracias, Noor. Por favor, escuchadme. Esto es lo que vamos a hacer…

La maniobra que realizaría la nave había sido calculada al milímetro: la única manera de cruzar la frontera de la galaxia era aprovechándose del Fenómeno de Mael. Un agujero en el tejido de la realidad que duraba exactamente cuatro minutos con cincuenta y cinco segundos, capaz de estirar una nave lo suficiente como para moverse más allá de la velocidad de la luz. Los Soñadores del pequeño planeta de Mallim, parecían haber nacido para ello. Y Noor Khan era la mejor.

La piloto respiró hondo y cerró los ojos. Sintió como su mente se alejaba de su cuerpo y se pasaba alrededor de toda la tripulación, que temblaba, nerviosa. Era como un fantasma que podía observarlo todo. Corrió en milésimas de segundo por todas las estructuras, tornillos, recovecos y rincones. La nave espacial estaba en marcha. Volvió a respirar hondo y estiró su mente. Escuchó el cuchicheo de los habitantes de los mundos más cercanos. Sonrió. Quedaban unos pocos segundos para la ruptura de la realidad. Balanceó los hombros y todo se adentró en ella, con toda la fuerza de la que su mente, su alma y su corazón eran capaces.

Y de pronto, silencio.

Paul Gordon abrió los ojos. Las luces de emergencia parpadeaban. Parecían estrellas. Se levantó del suelo a trompicones. «¿Qué ha pasado?», pensó. De pronto, la nave dio un vuelco sobre sí misma. La habitación se llenó de herramientas, trozos de metal y cacharros rotos. Trastabilló entre la chatarra e intentó abrir la puerta del laboratorio. Lo primero que tenía que hacer era llegar al Puesto de Mando y ver qué es lo que había pasado. El pasillo central brillaba con una luz pálida. Rapunzel IV estaba funcionando con el segundo generador. Se detuvo, nervioso. No lo había notado. ¿Cómo podía ser tan estúpido? No se escuchaban ruidos de la tripulación. Ni los ruidos naturales de la propia nave. Miró a la derecha. El comedor. Se asomó con cuidado, esperando encontrar a todo el mundo. Descubrir que todo era alguna especie de broma que estaban llevando lejos. No había nadie. Y el silencio. El silencio era ensordecedor. Caminó hacia atrás, incómodo.  Sacudió la cabeza. Nada tenía sentido. Se acercó a una de las radios de la pared.

—¿Chicos, chicas? ¿Hola? —preguntó mientras lo sujetaba entre sus manos. Temblaban un poco.

La estática de la radio lo acompañó durante unos minutos. El eco resonaba entre las paredes grises. Las luces de emergencia seguían parpadeando. Se apoyó en la pared y se dejó caer hasta el suelo. La cabeza le daba vueltas y el corazón vibraba, nervioso. No entendía nada. Solo pensaba en cosas horribles. En cosas imposibles. Volvió a apretar el botón de la radio.

—Si es una broma, no tiene gracia… ¿Spike, es cosa tuya?

Silencio. Soltó la radio y cerró los ojos. Lo primero que tenía que hacer era tranquilizarse. Luego, averiguar qué había pasado y después, quizá, ¿escapar de allí? Se levantó, poco a poco. Volvió al laboratorio y cogió el destornillador reglamentario. Ahora, al puesto de mando. Giró varias esquinas y cruzó algunos pasillos. Todo permanecía en silencio, solo resonaban sus pasos entre las paredes. Y, de golpe, se detuvo. Había algo en mitad de aquel pasillo. Parecía tener una forma vagamente humanoide. Gordon tuvo la sensación de que caminaba lentamente hacia él. Pestañeó.  Era extraño, como si esa figura no estuviese ahí. Como si faltase algo. Un espacio en blanco. Volvió a moverse, ¿o quizá no lo hacía? Se restregó los ojos unos segundos. Cada vez estaba más cerca. Y detrás de ella se acercaban varias más. El ingeniero tragó saliva. 

—¡Gordon, rápido! ¡Por aquí! —Una de las puertas de emergencia del pasillo se abrieron y la cara en forma de corazón de Alissa Hopp apareció por ellas.

—¿Qué? ¿Qué diablos está pasando?

Alissa abrió con fuerza la puerta. Una de las figuras se detuvo en mitad del pasillo y la miró fijamente. Una mirada vacía. Sin ojos, sin rostro.

—¡Venga, joder, no hay tiempo!

El ingeniero corrió hacia la puerta y la cerraron con fuerza. Ambos jadearon en silencio. Apenas se miraron a los ojos, ni intercambiaron palabras. Rapunzel IV no era una nave exageradamente grande. Pero su diseño con un gusto algo arcaico estaba llena de pasadizos de seguridad que formaban un intrincado laberinto. Y el ingeniero de primera clase Paul Gordon, los conocía todos. Se dirigían al puesto de mando por el camino más largo. Pero, afortunadamente, el más seguro.

La capitana de la nave observaba el gran ventanal con frustración. No había estrellas. Ni planetas. Todo estaba vacío. Un hueco insondable e infinito. Cuando la nave atravesó el fin de la galaxia todo pareció dar un vuelco y recordaba haberse despertado en el suelo, con magulladuras. No recordaba nada más. Khan dormía también, conectada a su cabello metálico. Y, de pronto, llegaron los gritos del resto de la tripulación. Habían aparecido unas criaturas extrañas y todo daba vueltas y estaba muy cansada y nerviosa y asustada… Bajó la mirada y se sentó en las escaleras. Agarró el rostro entre sus manos. Se sentía demasiado abatida para llorar.

La puerta de emergencia número cuarenta y dos se abrió de golpe y Gordon Paul y Alissa Hopp entraron con la respiración entrecortada. La mujer cerró con fuerza y colocó un candado gelesiano para cerrar la puerta con precisión.

—Habéis conseguido sobrevivir… ¡Ay, qué alegría! —susurró la piloto Noor Khan desde su asiento. Pálida y demacrada, su voz era suave y triste.

—¿Noor? —preguntó Gordon sorprendido.

—Hola, Paul, ¿cómo estás?

Meneó la cabeza con alegría e intentó sonreír. Unas arrugas horribles que le habían salido entre las mejillas la hicieron parecer todavía peor. El ingeniero se agachó hacia ella y le cogió las manos con dulzura.

—Estoy bien. Vivo. Todo gracias a Alissa.

—¿Qué haríamos sin ella, verdad? —preguntó Noor con calidez.

—Deberías descansar, cariño. Si necesitamos tu ayuda, te avisaremos —dijo la capitana con preocupación.

Noor Khan asintió como pudo y cerró los ojos. Gordon tembló. Con esa forma parecía un cadáver. Alissa se acercó a él y le señaló el cielo. Ahogó un grito.

—¿Qué es lo que ha pasado?

—Conseguimos atravesar el final de la galaxia. Y nos hemos encontrado con esto. Con la nada más absoluta —contestó la capitana intentando controlar los temblores de sus piernas.

—Pero… E-e-eso es imposible… —balbuceó el ingeniero.

—Eso creíamos, Paul. Pero, ¿qué otra cosa se te ocurre? —respondió Alissa sin dejar de mirar hacia arriba.

—No lo sé… ¡Espera! ¿Qué son esas criaturas?

—Ángeles…

Noor pareció hablar en sueños.

—¿Qué? —preguntó Gordon nervioso.

—Nada. Lleva repitiendo que son ángeles desde que abrió los ojos. No explica por qué, ni dice nada más —contestó Skylar, abatida.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. Esto tenía que acabar de una vez por todas.

—¿Cuánto queda de combustible, Alissa?

—Aproximadamente para tres días, capitana…

—Gordon, ¿cuántas de esas figuras había allá fuera?

—Una docena, creo…

—Lo que me temía. Entonces, estamos solos.

Gordon frunció el ceño. Y entonces lo entendió.

—No ha muerto nadie. Se han convertido en esas cosas…

—¡No hay tiempo para lamentaciones! Necesito que cojáis a Noor y os metáis en una de las capsulas de escape, por favor…

—¿Y dejarte aquí a ti? Ni hablar —contestó Alissa Hopp.

—Es la única manera. Por favor. Decidle… Bueno, ya lo sabéis…

Las criaturas entraron a paso lento por las puertas. Dina Skylar las esperaba sentada en su sillón de capitana. La cápsula de escape flotaba en la distancia. Sonrió.

—Y llegó el final.

Silencio.

Este relato pertenece al #OrigiReto2019, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog).

Título: Espacio en blanco
Objetivo principal: 6 (Crea una historia que ocurra en el espacio) Objetivo secundario: B (Rapunzel) Objetivo secundario 2: VI (Ángeles/Demonios)
Objetos: 6 y 7  (Combustible y una Docena)
Palabras:  2020 (según contadordepalabras.com)
Test de Bechdel:Anuales: Rosa Insolente (1/3), Sororidad (1/2), Triada (1/3), Doce Miles (1/12), DobleDragón (1/2), Personaje femenino -personal- (1/8).

Ora et Labora | Prólogo #OrigiReto2020

Frank mirando las estrellas

Antes de leer este relato es recomendadísimo leer este primero

La vida en el planeta azulado de Canthon era laboriosa, pero reconfortante. Por obra y gracia de los Antiguos, el pequeño mundo estaba lleno de basura. Y los canthonitas, con una conciencia cívica impecable, ya desde que eran pequeñas larvas aprendían que unirse en sociedad y trabajar en colectivo era la única forma de solucionar los problemas del futuro. La primera y más importante tarea de todas era limpiar el planeta de arriba a abajo. Y gracias a sus seis extremidades tenían la habilidad de reunir mucha cantidad de porquería de todo tipo y amasarlas durante varios minutos para hacer pelotas casi perfectas. Después, con esa forma tan versátil, podían transportarlas de un lugar a otro. Tiempo después de acumularlas durante generaciones, empezaron a exportarla a lo largo y ancho de toda la galaxia. La boñiga canthonita era de una calidad impecable e imperios de todas partes disfrutaban de ella. Beneficiándose así el planeta al quedar cada vez más y más limpio. En definitiva, eran un pueblo inofensivo y maravilloso.

Según cuentan las leyendas, los Antiguos fueron seres blancos con cuatro extremidades alargadas y ojos gigantes. Sus manos eran gomosas y rechonchas, de un color azulado. Los antiguos filósofos canthonitas hablaban de ellos como una especie con una gran sabiduría, pero con una facilidad para cargarse cualquier cosa que tocasen. Amantes de la violencia y de una pretensión a la autodestrucción casi maníaca. Desaparecieron en el albor de la historia, por ello se ha especulado mucho sobre qué pudo pasar y hay varias teorías importantes: la más aceptada es la que los Antiguos murieron sepultados en la misma basura que acostumbraban a acumular y afirma, también, que una vez que consigan despejar todo aparecerán debajo. Otra, venida del antiguo filósofo Goljorio, pensaba que los Antiguos, cansados de la vida en el planeta, decidieron marcharse de allí. Curiosamente, su aprendiz, el archiconocido Hooli-Ghan, refutó su teoría por considerarla absurda y planteó la más que factible hipótesis de que los Antiguos no pertenecían a Canthon y habían llegado allí debido a una fiesta de cumpleaños que se les fue de las manos durante varios millones de años. Exactamente unos 6.456.234.789, números arriba o abajo. Cuando se dieron cuenta de que se habían dejado el gas puesto durante tanto tiempo en su lugar de origen, se marcharon de allí corriendo y dejándolo todo perdido. Sin embargo, nadie sabe a ciencia cierta qué teoría es la real, ni qué es lo que pasó. Y los canthonitas lo tuvieron bien claro casi desde el principio: lo primero era limpiar su planeta y las repuestas llegarían después.

Entre toda esa multitud de coleópteros responsables y educados, vivía Frank. Un ejemplo para todos los demás. Sobre todo en lo que no se debía hacer. Era el gusano negro* de la familia. O así es como le gustaba verse a sí mismo. Un rebelde. Un aventurero. Su abuelo había viajado a través de las estrellas en un carguero, pues otra característica maravillosa de todos los canthonitas era su habilidad innata para guiarse a través de los astros del cielo. Gozaban de una orientación casi sobrenatural. Y Frank había nacido con ella. Era incluso mejor que la de su abuelo, según contaban. Por eso, soñaba con volar por las estrellas y visitar cada una de ellas. Por desgracia, eso significaba enfrentarse a la férrea postura negacionista de su padre. Quién había crecido sin una figura paterna de verdad y no pretendía vivir sin su hijo.

—¿Qué es lo que pretendes encontrar allá arriba, eh? —preguntó una vez su padre, después de un silencio incómodo en la mesa.

—¿Cómo? —preguntó Frank sin entender qué estaba pasando.

—Te preguntaba qué es lo que pretender encontrar allá arriba que no puedas tener aquí.

—Papá, no es por eso…

—¿He sido un mal padre o tienes una mala vida aquí? —insistió, cada vez más alterado.

—De verdad, no, que no es por eso… —Frank intentaba explicarse, pero las palabras no le salían. Notaba la garganta seca y la boca pastosa.

—¿Es porque echas de menos a mamá? Hijo, ¿sabes? Yo también, muchas veces…

—Pero, papá…

—No he sido el mejor padre del mundo, eso te lo reconozco, pero he hecho lo imposible para que tuvieras una vida plena y más que satisfactoria.

—Lo sé…

Ambos se quedaron en silencio, otra vez. Miraban sus platos con temor a mirarse a los ojos. Con balbuceantes disculpas, Frank recogió sus cosas, las dejó en la cocina y corrió a su habitación. De esa conversación tan poco acogedora y sin salida habían pasado ya tres meses. Y la relación padre e hijo se había convertido en un amasijo de saludos cordiales y temas banales.

Mucho tiempo después, como el resto de los canthonitas, Frank trabaja en su primera pelota de aquella mañana junto a su compañero del trabajo, un coleóptero amable llamado Hooper. Se llevaban varios años, pues cuando Frank era solo una larva recién nacida, él ya estaba empezando a trabajar en la fábrica de boñigas. Pero se llevaban bastante bien. Al viejo escarabajo le gustaba parlotear de la vida, del universo y de todo lo demás. Y aquella mañana, estaba contando la misma leyenda que ya había narrado unas cientos de veces: una estrella surcó el cielo hace unos miles de años, prometiendo a quién consiguiese alcanzarla cumplir todos sus deseos y miles de canthonitas se unieron en grandes naves espaciales y surcaron el cielo. Desde entonces, nadie los volvió a ver nunca más. Frank asentía cabizbajo sin prestarle demasiada atención. Cuando escuchó un rumor extraño en el cielo y levantó la cabeza. Una estrella brillante, más luminosa que el sol rojo que giraba alrededor del planeta, bailó en el cielo haciéndose cada vez más y más grande. Su pelota cayó colina abajo.

—Hooper… ¿La estrella de ese cuento es como esa del cielo? —preguntó Frank.

—¿Qué dices, chico?

El anciano escarabajo miró de soslayo hacia arriba y ahogó un grito. Una bola de fuego revoloteó sobre el cielo y emitió un brillo cegador.

—¡La Carrera Estelar ha comenzado! ¿Quién será capaz de atrapar a la estrella y alcanzar el Paraíso? ¡Animaos valientes! —gritó una voz melosa desde la luz brillante.

—¿Cómo? ¿Una carrera? ¿En eso consistía la leyenda? —se preguntó Hooper con los ojos abiertos. —¿Tú qué crees, chico?

Al bajar la cabeza, Frank había desaparecido. En esos instantes, corría colina abajo sin dejar de mirar a la estrella que empezaba a mitigar su brillo y a marcharse de allí. Sonreía. Era su única oportunidad. Era la única manera. Tenía que alcanzar esa estrella. «Lo siento, papá…», pensó con tristeza.

—Pero volveré, lo juro… —musitó.

Y con esa promesa en la cabeza. Frank, del planeta Canthon, se unió a la Carrera.

Este relato pertenece al #OrigiReto2020, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog).

Refugio | Microrrelato de diciembre #OrigiReto2019

Para entender bien este microrrelato es recomendable leer este maravilloso relato antes.

El futuro era terrible. Al menos eso era lo único que Harry sabía desde su refugio bajo el mar.  El refugio marino TK-11. Era un proyecto para llevar a los seres humanos al fondo del mar y escapar del mundo contaminado. Y vivía allí desde hacía doce años. Y a veces, solo a veces, deseaba estar arriba.

Salió de su habitación con su pijama habitual, sucio y grasiento, y encendió la serie de televisores que decoraban su comedor. En las pantallas aparecían las transmisiones de algunas cámaras que Harry había podido piratear del mundo de arriba. Era su única válvula de escape. Era como una especie de Reality Show. Agarró su bote de comida y observó muy atento la cámara de una discoteca. Una mujer parecía bailar en medio de la pista. Harry sonrió. Se levantó del sofá y fue a por bebida para disfrutar de la escena. Cuando volvió, la jeringuilla se cayó al suelo y rodó debajo de la mesa. Todo el mundo parecía estar follando por todas partes. Una orgía mundial.

Y él estaba allí debajo, lejos del mundo.

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Este microrrelato pertenece al #OrigiReto2019, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog).

Título: Refugio

Objetivo: 16 (Crea un relato que ocurra bajo el agua)

Objeto: 3 (Una jeringuilla)

Caracteres: 1000 (con espacios según contadordepalabras.com)

Los Idus de Marzo | Relato XVII EDICIÓN Tintero de Oro

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El salón comedor de la mansión del Sr. Huiledolive estaba abarrotada de invitados. Se paseaban nerviosos por toda la estancia intentando no mirarse a los ojos y manteniendo pequeñas conversaciones triviales. Nadie quería pensar que entre ellos había un asesino. Las grandes puertas se abrieron de un crujido y el detective Gustave Limier entró con paso decidido. Le seguían el subcomisario Carotte a marchas forzadas y el resto de agentes, todos con el rostro congestionado. Nadie podía creerse el asesinato de un hombre tan querido por la comunidad.

—Antes de comenzar, pediros disculpas por retenerlos hasta horas tan intempestivas —dijo el subcomisario anudándose la corbata.

—¿Eso significa que ya podemos irnos, agente? —preguntó el Sr. Perrins, un viejo amigo de la víctima.

—Me temo que no, todavía hay algún cabo suelto que resolver, ¿me equivoco señor Limier?

El detective asintió como respuesta sin mediar palabra. Se paseó durante unos segundos por toda la estancia, mirando a los ojos a cada invitado de la fiesta. En uno de los sofás estaba sentada la viuda, que escondía la cara entre sus brazos. Limier se agachó y le cogió las manos.

—Le acompaño en el sentimiento, Sra. Huiledolive, muchísimo.

La mujer lo miró a los ojos agradecida.

—Sin embargo, me temo que debería estar más contenta, ¿no cree? —preguntó el hombre con una ligera sonrisa.

—¿Cómo dice?

El detective se levantó y se colocó delante de todos los invitados.

—La herencia es bastante cuantiosa para un marchante de arte. Tendrá una buena vida como viuda, eso se lo garantizo.

—¡Cómo se atreve! —gritó la mujer entre lágrimas.

—Señor Limier, por favor —susurró el subcomisario cerca del detective.

—Empecemos desde el principio. ¿os parece?

El detective carraspeó.

—La primera pregunta que podemos resolver debe ser, ¿cómo ha muerto el Sr. Huiledolive? Y tiene una respuesta algo complicada. Oficialmente hemos encontrado su cuerpo en su baño personal en el suelo con un cuchillo clavado en la garganta. Eso resolvería la pregunta. Sin embargo, extraoficialmente ha habido otros factores.

—¿De qué diantres está hablando? —preguntó la Sra. Romaine, una amiga de la familia.

—Tengan paciencia, por favor. El Sr. Limier es un profesional —contestó el subcomisario.

—Gracias, Carotte. Bien, ¿por dónde iba? ¡Ah, sí! La muerte del Sr. Huiledolive. Iré directo al grano. Su vida llevaba peligrando desde hacía aproximadamente cinco meses. Sr. Croûtons, ¿podría traerme lo que hemos encontrado, por favor?

El mayordomo de la familia, que estaba apartado de los invitados y mirando al suelo, tenía los ojos llorosos. El silencio se volvió pesado e incómodo. El detective sonreía con amabilidad a todos los presentes. Croûtons entró a los pocos segundos con algo entre las manos.

—Gracias. Muy bien, este pequeño bote como podéis observar es el mismo que el Sr. Huiledolive utilizaba para guardar sus medicinas. Sus problemas con el reuma eran conocidos por todos. Ahora bien… —El detective hizo una pausa. Los invitados se removieron inquietos. Volvió a sonreír — Alguien le estaba envenenando lentamente, cambiándole sus pastillas por otras altamente tóxicas y peligrosas, ¿me equivoco, doctor Piquantnoir?

Todas las miradas se fijaron en el viejo doctor que se había puesto pálido.

—N-n-no sé de q-qué me habla, s-s-señor… —balbuceó.

—Sabe perfectamente a qué me refiero. Un doctor tan condecorado como usted, sabía sin problemas cómo conseguir lo que se proponía: provocar al Sr. Huiledolive una muerte lenta, pero eficaz. ¿Cómo no fiarse de un buen amigo?

—Pero, ¿por qué querría asesinarlo? No lo entiendo… —preguntó la mujer más joven de la fiesta.

—Es curioso que me lo pregunte usted, Sra. Citronné, pues la víctima y aquí el buen doctor, se habían peleado por usted —contestó el detective.

—¿Por mí?

—Por favor, querida, todo el mundo sabía que usted era el amante de la víctima… —contestó el subcomisario con la mirada vacía.

La viuda apretó los puños sujetando su pañuelo de encaje y miró a la mujer con asco. La Sra. Citronné bajó la mirada y no dijo nada más.

—Como ilustra la escena del crimen, esa no ha sido la causa de su muerte —prosiguió el detective con las manos en los bolsillos —. ¿Cómo ha podido ocurrir un crimen tan atroz sin que nadie se diese cuenta? La respuesta es sorprendente sencilla y casi aburrida. Una especie de truco de magia provocando que el Sr. Huiledolive realizase su propia ejecución. Alguien preparó minuciosamente la puerta de su cuarto de baño privado para que, al cerrarse de golpe, el cuchillo se clavase en su gaznate.

—¿Y quién ha podido hacer una cosa así…?

—Esa es la pregunta más interesante —respondió el detective.

Después de las celebraciones y los elogios de los agentes, el detective Gustave Limier salió de la casa para disfrutar de un merecidísimo cigarro. Lo encendió con su habitual caja de cerillas y lo disfrutó apoyado en la pared. Era una noche preciosa. Unos pasos en la oscuridad lo pusieron alerta unos segundos. Una silueta con un sombrero de ala ancha se acercó y se puso a su lado.

—Buenas noches, detective.

—Pensaba que no vendrías, Garlic.

—Sabes que siempre cumplo las promesas.

Sacó un fajo de billetes y se lo dio al detective.

—¿Cómo has conseguido engañarles?

—Con un simple truco de magia.

El detective sonrió mientras le daba una calada al cigarro.

—Maravilloso. Por cierto, Gustave…

—¿Sí?

—El Sr. Anchois le manda saludos.

El revolver brilló durante un segundo bajo la luz de la luna.

 

El relato deberá contar con, al menos, uno de estos requisitos:
1. Policíaco o de género negro.
2. Que se mencione con sentido la novela Extraños en un tren o la autora, Patricia Highsmith.
3. O que la acción transcurra en un tren. Extensión: Máximo 900 palabras.

Para leer los relatos participantes dar click aquí
 
MICRORRETOS (1)

‘Prévision’ d’acostament | Relato de diciembre #OrigiReto2019

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El cielo no había cambiado en absoluto desde la última vez que lo había estado observando. Apenas unos diez minutos si su reloj no mentía. Suspiró. Otra noche desperdiciada. René se miró las manos llenas de tinta y la pluma que había al lado de la libreta. El viejo y sus absurdas costumbres. Se levantó de la silla y estiró un poco las piernas y se masajeó las rodillas. Tantas horas sentadas no debían ser buenas. Una ligera brisa arrastró las hojas de papel del escritorio. Se acercó a la ventana para cerrarla y miró a la ciudad que descansaba debajo. Prajem. La Ciudad de los Deseos. O así es como le gustaba llamarla a su madre. Si quieres conseguir todo lo que te propongas esta era tu mejor opción. Pero, lo que más deseaba René era escapar de aquel planeta de locos.

La ciudad de Prajem era la capital del planeta Tóivotan. Sus habitantes se llamaban a sí mismos shamu, que en su propio idioma significaba: “seres de inteligencia superior”*. Era uno de los pueblos más antiguos de la Galaxia y eso equivalía a tener muchas TRADICIONES**. Coronaba la ciudad el Palacio Real donde vivía el rey Serakin III con toda su corte. El más joven de toda la historia. Y por ello, era el centro de todas las miradas y comentarios. En apenas cinco años de reinado ya habían escrito ocho biografías sobre él y ya formaba parte de los Solteros de Oro de la Galaxia.

Fuera del fastuoso palacio sobresalía como una especie de antena, la Torre del Mago, reservada exclusivamente para el hechicero de la corte. Sin embargo, para emoción de los historiadores, en el reinado del joven rey convivían dos: Malgalath, el Viejo y Gaspard, el Rojo. Y, para disfrute de la corte, se llevaban a matar. La principal disputa venía por una profecía que traía loco al anciano mago: “En la larga noche, surcará una estrella el cielo y quién consiga alcanzarla encontrará el Paraíso”. Una vez, el mago más joven comentó que no era más que una bufonada de un viejo senil. Y Malgalath contratacó con un comentario sobre la nariz aguileña de su joven compañero. René recordaba la penosa pelea que tuvieron los dos aquella noche. Coincidiendo con la visita de unos embajadores del Sistema Flock, seres con forma de rana y rostros rubicundos. Fue la primera vez que vio al rey tan enfadado.

—No voy a tolerar más una pelea como esta. ¿Me habéis entendido? —dijo el rey más tarde en privado aquella noche.

Los dos magos bajaron la cabeza.

—¿Qué imagen estamos dando al mundo si mis dos magos se pelean como colegiales?

René recordaba cómo Malgalath se ponía rojo de vergüenza, casi del color de la barba de Gaspard.

—Malgalath… Sabe bien que le tengo en alta estima y valoro muchísimo su opinión… —El rey hizo una pausa— Tal y como mi padre hizo. Y Gaspard. Tu increíble talento te ha valido un puesto de categoría. ¿Es mucho pedir que os comportéis como adultos? Con vuestra sabiduría y vuestras habilidades, conseguiríamos llevar a una nueva edad dorada a nuestro planeta…

Los dos magos asintieron en silencio visiblemente afectados. Sin embargo, al día siguiente volvieron a las andadas.

Y en mitad de todo el embrollo vivía René, la aprendiz de Malgalath. Quién la acogió cuando su madre murió de la misma enfermedad que había arrasado a la ciudad y al antiguo rey años ha. Con ocho años vivir en el palacio parecía como un cuento de hadas y le gustaba imaginar su vida conociendo a príncipes y princesas de otros mundos. Pero lo que se encontró fueron largas clases sobre astronomía, filosofía, matemáticas, artes plásticas, música… Cuando celebraba su décimo cumpleaños, el viejo mago le confesó que la estaba educando para que ella algún día se convirtiese en una hechicera como su padre biológico al que nunca conoció. La Primera Mujer de Tóivotan en convertirse en Maga. Para los shamu, mago significaba “sabio”, pero cuando René miraba a su maestro, la única palabra que le venía a la mente era “lunático”. Y desde entonces se había sentido atada a aquel lugar con aquella gente que cada vez le resultaba más y más extraña.

Cerró la ventana con suavidad. Ya habían pasado ocho años desde aquella revelación y seguía sin tener claro su futuro. Pero le había crecido una pesada sensación de querer salir corriendo. Se crujió los dedos mientras volvía al escritorio. Desde hacía varios meses, como parte “de su educación” observaba el cielo nocturno casi todas las noches mientras su maestro descansaba en su habitación. Todo por aquella dichosa estrella. René no terminaba de creerse aquella historia tampoco, así que todo aquel tiempo allí sola con sus pensamientos tristes no la beneficiaba en absoluto. A veces fantaseaba como cuando era una niña con las estrellas y con otros planetas. Aunque ya no le interesaban los príncipes, solo las princesas… Carraspeó para sí misma. Necesitaba concentrarse. Miró su reloj. Habían pasado otros cinco minutos más. Lo anotó en la libreta. Echó un vistazo rápido al soporte del telescopio gigante del viejo mago. Una estrella gigante cruzaba el firmamento. Mojó la pluma en la tinta y anotó lo de siempre. Nada. Se quedó paralizada durante unos segundos. El papel empezó a emborronarse mientras caían las gotas de tinta. Volvió a mirar por el telescopio. Una estrella gigante cruzaba el firmamento. Y cada vez estaba más cerca.

—¡No puede ser…! —exclamó con los ojos muy abiertos.

Se levantó de un salto de la silla y fue a despertar a su maestro.

La habitación de Malgalath el Viejo estaba decorada de una forma bastante extravagante. Tenía varios animales disecados como avestruces, una jirafa, dos pingüinos y un animal extraño que se llamaba gargatrahkuiyuop, con una forma tan extraña como su propio nombre. René abrió la puerta de un golpe y las luces se encendieron. El viejo mago dormía a pierna suelta sobre un colchón mullido.

—¡Maestro, despierte!

Empezó a zarandear al anciano que balbuceaba dormido.

—¡MAESTRO, LA ESTRELLA!

Seguía sin inmutarse.

—¡Ay, dios mío!

Nerviosa empezó a zarandear mucho más fuerte al viejo mago. Sin respuesta. En la mesita de noche al costado de la mullida estaba el vaso lleno de agua y la dentadura horripilante de su maestro. «No tengo otra opción…», pensó con las manos temblando. Y sin pensárselo dos veces lanzó el contenido directamente a la cara del anciano que resopló del susto y pataleó y dio puñetazos al aire mientras se caía de la cama.

—¿Qué está pasando? ¿René, eres tú querida?

—Maestro, la estrella, la estrella

—No sé de qué me hablas… No estoy ahora para paparruchadas. ¿Hay goteras en esta habitación? ¡Ha sido ese maldito Gaspard, seguro! Voy a cantarle las cuarenta y se lo diré al rey, así seguro que lo echará de una vez de mi torre. Seguro —el viejo empezó a murmurar por lo bajo mientras se levantaba como podía del suelo con las piernas temblando.

—¡Maestro, por favor! La estrella en el cielo, está pasando, es verdad, tenía razón, es la maldita estrella, está ocurriendo —René estaba desesperada.

—No, no, tiene que ser cosa de ese maldito usurpador, nada de estrellas, muchacha… Espera, ¿qué? ¿QUÉ?

Malgalath se irguió sobre sus dos piernas huesudas más rápido de lo que lo había hecho nunca y sin mediar palabra salió corriendo de la habitación hacia el observatorio.

El rey Serakin III soñaba que estaba en una playa tumbado al sol y disfrutando del pequeño susurrar del mar que acariciaba la costa. El aire suave le hizo estremecer. A su lado tenía un coco lleno de un néctar digno de todos los dioses. Suspiró. A lo lejos se escuchaba un barullo discordante, pero era tan lejano que no afectaba en absoluto a su relajación. Se repantingó en la hamaca y cerró los ojos para disfrutar de los rayos del sol. El jaleo se escuchaba cada vez más cerca. Más y más cerca. Se tapó los oídos, pero parecía hacerse más fuerte. Comenzó a entonar una cancioncilla. El guirigay se volvió ensordecedor. Abrió los ojos con tristeza para descubrir que estaba en su habitación. Alguien aporreaba su puerta con muchísima fuerza. Se levantó con calma y cogió sus gafas de la mesita de noche. Miró el reloj. Las dos de la madrugada. Aguantó la respiración. Tenía que ser importante, se resignó. Una suave brisa le acarició los pies desnudos. «Ojalá estar en esa playa…», pensó con una mano en el picaporte. Gaspard el Rojo se quedó quieto durante unos instantes al ver a su rey en paños menores. Serakin, impasible, miró al joven mago directamente a los ojos.

—¿Ocurre algo, Gaspard? —preguntó con una calma meditada.

—E-e-eh… S-sí, su majestad… Es el viejo… —contestó el mago haciendo enormes esfuerzos por no bajar de más la mirada y ver algo que no quería mirar.

—¿Me habéis despertado por alguna estúpida pelea? —interrumpió el rey dando mucho énfasis a estúpida.

—N-no, mi rey, no… Es algo más complicado, ¿cómo d-d-decir-l-lo?

—Prueba a hacerlo. Por favor. —musitó Serakin con la boca medio cerrada en una mueca.

—E-el viejo ten-nía razón…

—¿Cómo?

—La estrella. La estrella está cruzando el cielo. El viejo tenía razón.

Durante unos segundos Serakin III, rey de los shamu de la ciudad de Prajem, capital del planeta Tóivotan, pensó en la cálida brisa estival en una playa desconocida y el olor del mar mezclado con el néctar dentro de un coco. Su mirada brilló. Era su única oportunidad.

René estaba cogiendo todo lo que su maestro le lanzaba mientras este murmuraba observando una lista escrita en un papel enmohecido. Eran los materiales que el Primer Mago de la historia había escrito para la ocasión: Las cuarenta y dos cosas indispensables para la persecución de la estrella. Aunque, la muchacha no comprendía la utilidad de algunos de esos objetos.

La puerta del observatorio se abrió de par en par y entraron en la habitación Gaspard el Rojo y el rey Serakin III, muy nerviosos. Malgalath apenas se inmutó y siguió lanzando objetos a la pálida René.

—Majestad… —musitó la muchacha con una reverencia.

—Tranquila, René, levanta. No hacen falta ahora las formalidades ¿dime qué está ocurriendo? Tú que eres la voz de la razón… —dijo el rey mientras observaba al viejo mago renquear sobre una escalera tambaleante.

—P-p-pues… Bueno, parece que mi maestro tenía razón, majestad. Con la estrella, está surcando el cielo. En unos veinte minutos se acercará lo suficiente para observarla muy de cerca —contestó sonrojada.

—¿Y qué está haciendo ahora el viejo? —preguntó Gaspard casi deseando que todo aquello fuese solo una pesadilla.

—Recoger lo estrictamente necesario para el viaje.

—Gracias, René… ¡Malgalath! ¿Me escucha? Quiero hablar con usted —dijo el rey.

El viejo hechicero se detuvo durante unos segundos y miró a su alrededor. Vio sin mirar a su aprendiz, al rey y al mago rojo. Se bajó lentamente de las escaleras y dijo:

—Hay que encender a Bactriano.

Se recogió la bata y salió corriendo de la estancia carreras abajo. Nadie en el palacio lo había visto con tanta energía. René, Serakin y Gaspard siguieron al viejo mago a duras penas.

En el hangar subterráneo se encontraron con una nave espacial algo mediana, pero de apariencia ágil y veloz. En el techo estaba Malgalath conectando unos cables y apretando una serie de botones extraños. Cuando los tres entraron al hangar, el anciano hechicero los recibió bailando de alegría.

—¡Majestad, Gaspard, René! Os presento a Camellia, la niña de mis ojos.

—Es una nave espacial para perseguir a la estrella, ¿verdad? —preguntó la muchacha maravillada.

—Exactamente.

La estrella brilló en el cielo envolviéndolo todo de un color dorado y una dulce voz inundó el planeta:

—¡La Carrera Estelar ha comenzado! ¿Quién será capaz de atrapar a la estrella y alcanzar el Paraíso? ¡Animaos valientes!

La estrella se apagó y volvió a volar hacia el firmamento.

—¡Espera! ¿Una carrera? —gritó el rey.

Todo el mundo se miró durante un instante y subieron a Camellia. Unos minutos después la nave espacial surcaba el cielo alejándose de Prajem. La carrera solo acababa de empezar.

 

*Para el resto de seres de la galaxia significaba: “necios pretenciosos”

**Las mayúsculas no son del autor. Vienen de serie.

Este relato pertenece al #OrigiReto2019, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog).

Título: ‘Prévision’ d’acostament
Objetivo: 12 (Crea tu propia versión de un cuento conocido)
Objetos: 14 y 15  (Un avestruz disecado y una pluma)
Palabras:  2016 (según contadordepalabras.com)
Test de Bechdel: No
Medallas: Ninguna (creo)

Madre | Microrrelato de noviembre #OrigiReto2019

Antes de leer este relato es importante leer este maravilloso relato antes.

Julián sabía que en las despedidas de soltero a veces se hacían tonterías así. Pero colarse en esa casa con fama de estar embrujada, vestido con un disfraz de jirafa era pasarse de rosca. Casi se sentía haber vuelto a su infancia con aquellos estúpidos retos de “niño mayor”. Aparentando ser el más valiente del grupo.

La puerta de la casa se abrió con un suave crujido. Entró sigilosamente, aunque sabía que no había nadie en la casa. La puerta se cerró de golpe. Todo se quedó a oscuras. Un sordo silencio lo envolvió todo. De pronto una tenue luz apareció al fondo del pasillo. Una silueta oscura le miró. Julián tembló.

—Hijo mío… ¿Cómo te atreves?

Era una mujer de mediana edad con una sandalia en la mano derecha. Su madre. No podía ser ella porque estaba muerta. Dio dos pasos hacia atrás y la mujer salió corriendo hacia él. Abrió la puerta y de un brinco corrió gritando hacia sus amigos. Nadie le creyó tiempo después.

Desde una de las ventanas de la fastuosa casa, Eva lloraba angustiada.

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Este microrrelato pertenece al #OrigiReto2019, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog).

TítuloHermano

Objetivo: 4 (Escribe un relato sobre una casa encantada)

Objeto: 2 (Un disfraz de jirafa)

Caracteres: 993 (con espacios según contadordepalabras.com)

El ojo de Tántalo | Relato de noviembre #OrigiReto2019

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El rótulo estaba casi borrado y apenas se distinguían las letras, pero Marta sentía unas ganas irrefrenables de entrar en aquella tienda. No sabía explicar por qué, ni cómo había dado con ella. Pero cuando quiso darse cuenta su mano estaba girando el pomo de la puerta. Olía a viejo y a polvo. Parecía estar llena de trastos y cachivaches extraños. Se paseó entre las estanterías sin rumbo alguno. Nada parecía llamarle suficiente la atención. Llegó a un pequeño mostrador con varios libros encima. Detrás de él unas cortinas parecían esconder más salas en el interior. Se escucharon unos pequeños pasos y un ligero suspiro.

—Disculpe, ¿hay alguien ahí? —preguntó Marta con timidez.

—Espere un segundo, enseguida salgo —contestó una voz grave.

Marta rebuscó entre los libros, pero seguía sin haber nada que le interesase. Estaba empezando a perder la curiosidad por aquel lugar tan extraño y decidió irse de allí. Volvió sobre sus pasos lo más rápido que pudo. Sin embargo, fue incapaz de encontrar la salida. Se detuvo en seco en mitad de un pasillo. Observó las estanterías para ver si recordaba algún objeto en concreto, algún detalle. Un ligero brillo captó su atención. Al final del pasillo en una vitrina de cristal profusamente decorada reposaba un collar precioso y brillante. Marta se acercó poco a poco, casi con miedo. Lo observó desde fuera del cristal: tenía una cadena de plata decorada con rebordes de flores que unía una especie de pequeña joya con la forma de un ojo. Era de un color verde brillante. Parecía una pequeña esmeralda.

—Es precioso, ¿verdad? —dijo una voz detrás de ella.

—¡Qué! —gritó Marta con la mano en el pecho —¿Quién es usted?

—Oh, perdone querida. No era mi intención asustarla. Soy el dueño de la tienda.  Estaba antes en el desván organizando el almacén. Perdone que no haya podido atenderla antes.

Era un anciano con una camiseta algo sucia pero elegante. Sonreía con delicadeza.

—No, no, discúlpeme usted a mí —dijo Marta devolviéndole la sonrisa.

—Veo que le interesa el collar, ¿no es cierto? —preguntó el señor mientras posaba sus manos sobre la vitrina.

—Bue-bueno, es muy bonito, la verdad. Pero, de todos modos, no creo que tenga el suficiente dinero encima para comprarlo.

—Si no sabe usted el precio que tiene, señorita.

—No, bueno, pe-pero viendo lo imponente que es. Me imagino que será muy caro.

El anciano cogió la vitrina con sus manos y la apartó un momento. Cogió el collar entre sus manos con cuidado y lo acercó hacia ella.

—Cójalo, sosténgalo entre sus dedos y entonces decida.

—Pe-per-pero, señor… —intentó protestar Marta.

El collar se deslizó en su mano. Era precioso. Y sin saber bien cómo, estaba en el mostrador junto al anciano y comprando aquel collar que sujetaba con fuerza en su mano. Antes de salir de la tienda lo guardó en su bolso con cuidado.

—¡Vuelva pronto! —dijo el dueño de la tienda desde el mostrador.

Marta cerró la puerta tras de sí y la tienda quedó a oscuras.

El cadáver estaba tumbado sobre el suelo de la habitación con la barriga abierta en canal. Era una mujer joven con el pelo negro. Atractiva, quizá. Debra no lo tenía claro del todo. No era muy propensa a fijarse en esas cosas, pero se imaginó que sí: nariz pequeña, labios en apariencia suave, pecho firme, piernas torneadas. El informe forense tampoco era resolutivo en esas cosas. Para ella no era importante, pero conocía bien cómo eran el resto de seres humanos. Suspiró. ¿Eso la convertía en blanco de tan terrible asesinato? No. Claro que no. Pero ella había conocido a gente que disfrutaba con aquellas cosas. Con la sangre, los huesos y la belleza. Rodeó el cadáver y se acercó a una de las mesillas de la habitación. Un ligero pitido la hizo detenerse, agarró su teléfono. Lo guardó con cara de asco y apretó el pinganillo que tenía en la oreja.

¡Por fin, jefa! No podíamos comunicarnos con usted —dijo una voz en su oído.

—Ya estoy aquí, Ramírez. Solo lo he apagado dos minutos… A veces me gusta vivir sin vuestros comentarios directamente en mi cabeza —contestó Debra mientras agarraba una foto de una de las mesillas. En ella estaba la mujer del suelo y un perro san Bernardo. Parecía una foto vieja.

Bueno, solo seguimos el protocolo. Protocolo, que, por cierto, usted misma redactó.

—Todavía puedo apagaros, ¿sabes?

Como única respuesta recibió una risa estática.

¿Ha encontrado algo relevante en la escena?

—Estoy en ello. ¿Qué habéis averiguado vosotros?

Debra empezó a rebuscar por todos los cajones de la habitación.

Nada importante. Parece que la víctima era una mujer muy normal. Vivía en un apartamento tranquilo, con un trabajo estable como profesora, pero sencillo, sin ningún lujo tampoco. Estaba a punto de casarse, por lo que parece, el novio debe estar destrozado… ¿Cuánto les habrá costado la boda? Menudo desperdicio de dinero…

—Ramírez, por favor…

Perdone, jefa…

Encontró la cartera de la víctima. Se llamaba Marta Varela. Un nombre singular para una persona singular. No había nada extraño dentro de aquella habitación. Era un crimen peculiar. Unos pasos fuera de la habitación la hicieron ponerse tensa. La puerta se abrió y entraron unos hombres pistola en mano y la rodearon.

—Ramírez. Esperadme allí, voy a ver qué averiguo —dijo mientras ponía un dedo en su oreja.

Jefa, tenga cuidado.

Un hombre con una gabardina marrón y un bigote muy pronunciado entró por la puerta con cara de pocos amigos. Miró la escena de la mujer y luego a Debra que lo miraba con una cara hierática.

—Debra Chemise, ¿me equivoco? —dijo el hombre mientras se agachaba hacia el cuerpo de la víctima.

—No se equivoca. Inspector Pedralba, ¿verdad? —contestó la mujer con una sonrisa.

—El mismo. Hace tiempo que quería conocerla, ¿sabe? —Suspiró— Chicos, haced el favor de bajar las pistolas, por favor.

Los policías de alrededor bajaron las armas.

—Gracias, inspector. Me gusta hablar sin que nadie utilice sus armas como extensiones de su sexualidad reprimida. Es mucho más agradable.

—Mira, le seré sincero, señorita Chemise. Me veo obligado a soportar vuestra presencia últimamente y empiezo a hartarme ya de tanta tontería. Hablando de gilipolleces, que si fantasmas, que si alienígenas, que si fuerzas oscuras… Esto es la vida real y no pienso soportar a chiflados dificultando mi trabajo —El bigote del inspector Pedralba tembló durante unos segundos.

—Inspector, no se preocupe. CENTRAL solo es una empresa de limpieza, ¿a qué viene tanto miedo?

—Entonces, limítese a limpiar y a dejar las investigaciones a los verdaderos profesionales.

—¡Claro, señor! Tiene usted toda la razón del mundo. Ahora si me disculpa, he de reunirme con mi equipo. Buenas noches.

Debra cerró la puerta tras de sí y se mordió los labios. Malditos incompetentes, pensó. Bajó las escaleras de dos en dos. A veces pensaba que los seres humanos eran incapaces de ver la realidad que les rodea, aunque la tengan delante de sus ojos. De todos modos, debía admitir para sí misma, esa forma de funcionar les había sido útil en todos aquellos meses. CENTRAL era una organización internacional con varias sedes en algunas ciudades del mundo. Nacida de una necesidad imperante: la limpieza paranormal. No en el sentido más literal de la palabra. El peligro no siempre eran fantasmas o espíritus, a veces era una invasión alienígena invisible a gran escala o las babas pringosas de una cocatriz que algún criador entusiasta se había dedicado a cultivar. No solo era limpieza, aunque a veces la tarea era tan simple como limpiar todo el ectoplasma de una parada de metro para que la ciudad pueda volver a funcionar. Muchas veces la tarea principal era la contención misma de la amenaza. Y debido a ello, los miembros de CENTRAL trabajaban sin descanso día tras día.

La base de la ciudad estaba en la calle del Espíritu Santo, una calle sin salida donde a simple vista no había nada, pero la puerta de la base estaba ligeramente escondida. Además, su ubicación estaba centralizada en la propia plaza del barrio de forma estratégica. Debra colocó sus dedos en la pantalla, la puerta se abrió y entró con rapidez. No quería que la puerta le diese en la cabeza como otras veces. Accedió a la segunda zona de seguridad y una voz metálica la obligó a detenerse.

—Reconocimiento de voz, activada. Preséntese debidamente, por favor.

—Soy Debra Chemise, experta en xenobiología, líder de CENTRAL. Valencia, sector 3 —contestó Debra sin pensar.

—Voz confirmada. Bienvenida a la base. Que tenga un buen día.

El equipo de CENTRAL esperaba a Debra en la sala principal de la base, estaban observando en varias fotografías el cuerpo de la víctima.

—¿Ves algo Lucrecía? —preguntó Ramírez con seriedad.

—No… Lo siento, chicos —contestó ella.

Lucrecia Montseny era una mujer con unos curiosos dones: era capaz de ver cosas que nadie más podía ver, leer además el futuro de una manera espectacularmente precisa y en ocasiones, hablar con los muertos. Gracias a ella, CENTRAL había conseguido solventar muchos problemas antes de que resultasen potencialmente peligrosos.

—Lu, no te fuerces. No queremos verte enferma. Te necesitamos fuerte y entera —Debra entró por la puesta con una sonrisa.

—Gracias, jefa, lo intentaré.

—¡Eso espero! Bien, equipo, ¿qué tenemos?

—Nada que no sepamos ya, me temo. Una mujer aparece muerta en su casa, destripada. Según las lecturas, no fue con arma blanca, y la herida no fue hecha desde fuera. Lo que complica un poco las cosas —contestó Ramírez

—Eso quiere decir… ¿Qué se ha hecho desde dentro? —preguntó Vicky, mientras limpiaba un extraño artefacto encima de su mesa.

—Sí, eso parece. ¿Qué piensa, jefa?

Debra se acercó a las fotos y observó el cadáver. Marta Valera. Tenía veintitrés años. Apretó los puños. «La misma edad que él», pensó. Dejó su gabardina sobre una de las sillas y de uno de sus bolsillos se cayó un extraño collar.

—¡Qué collar tan bonito! —dijo Lucrecia mientras se agachaba a por él.

—¿Qué? —preguntó Debra.

El collar se deslizó perfectamente entre los dedos de Lucrecia. De pronto, se le erizó la piel y empezó a gritar de puro terror. Tenía los ojos en blanco.

—¿Qué está pasando?

Debra, Vicky y Ramírez se giraron horrorizados.

—Creo que es el collar —contestó Debra, asustada

Vicky cogió el collar con unos guantes y lo guardó en una caja de cristal. Lucrecia empezó a relajarse, aunque seguía temblando en el suelo, recogida sobre sí misma. Debra se acercó a ella y la abrazó.

—¿Estás bien, Lu?

—L-l-lo h-he v-v-visto…

—¿Qué has visto?

—-A-al monstru-u-uo…

—¿El que mató a la mujer?

—Creo que sí…

«Así que hay algo en el collar», pensó mientras miraba a la caja de cristal.

—Hay algo más, jefa —siguió Lucrecia.

—Dime.

—Una tienda. Vieja y polvorosa.

—¿Sabrías encontrar dónde está?

El rótulo estaba casi borrado y apenas se distinguían las letras. Debra Chemise miraba desde afuera con los brazos cruzados. «Debo enfrentarme a lo que haya dentro con cuidado». Dentro de su gabardina llevaba su pistola. Alargó la mano y giró el picaporte. Dentro olía a viejo y a polvo.  Las estanterías estaban llenas de cachivaches y trastos extraños. Algunas parecían de origen alienígena al juzgar por la rápida mirada de la mujer. Un poco perdida, llegó a un mostrador lleno de libros arrugados. Detrás de él había unas cortinas que escondían más habitaciones extrañas. Una voz grave habló con tranquilidad.

—¡Un momento, enseguida salgo!

—¿Conoce a Marta Valera? —preguntó Debra.

Un señor mayor salió al mostrador con un trapo en las manos.

—¿Cómo dice? —preguntó.

—¿Conoce a Marta Valera?

—No sé de quién me habla, señorita.

Debra sacó la pistola y apuntó al anciano en la cabeza.

—¿Y ahora?

—Señorita…

—No estoy para juegos, trasgo. ¿Qué hay en el collar?

—Nuestro amado señor… Tántalo resurgirá —murmuró el anciano.

De pronto, su piel empezó a volverse gris y saltó hacia Debra. El disparo resonó entre las estanterías. Debra suspiró. Maldita rutina.

Este relato pertenece al #OrigiReto2019, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog).

Título: El ojo de Tántalo
Objetivo: 1 (Escribe un relato donde el objeto maldito sea protagonista)
Objetos: 13 y 23  (Un mensaje instantáneo y una foto vieja)
Palabras: 1995 (según contadordepalabras.com)
Test de Bechdel: Sí
Medallas: Feminista (5/6)