La caja de cristal | Relato de julio #OrigiReto2019

Mundo interior de CidMereddyd Cormac miraba el rostro del último Fundador. Su cuerpo desnudo descansaba en una caja de cristal. Una especie de féretro que parecía conservarlo en alguna clase de estasis. La teniente Natto Hasami comentaba a veces que parecía un bote de conservas con tanta agua. Pero, en realidad, lo que contenía aquella caja la horrorizaba y le interesaba al mismo tiempo. El último de los Fundadores. Una civilización tan antigua y orgullosa como el mismísimo universo según las leyendas. Llena de historia, o lo que es lo mismo: de guerras, muertes y sangre. Había pasado cinco años desde el incidente en Sedna, pero todavía tenía pesadillas. Recordaba los mosaicos, las grandes estructuras, las máquinas y la voz de Cid por los pasillos. El Conquistador de Mundos. El Guerrero. Considerado un genio entre sus propios pares. Después de que toda su civilización desapareciese del universo. Él consiguió sobrevivir. Fue el más inteligente. Fue quien obtuvo más victorias para su pueblo, más planetas esclavizados, sometidos, muertos.

Cuando se sentaba delante de él, revisaba las anotaciones y jugueteaba entre sus manos con la llave dorada que consiguieron antes de encontrar el féretro. Antes de resolver el último acertijo. La solución era sencilla: la llave dorada debía introducirse en el agujero donde la puerta se conectaba a su ombligo. Luego girarlo dos veces a la izquierda, tres a la derecha y otra vez a la izquierda. Cada mañana se levantaba con la resolución de que ese mismo día lo haría, de que todo terminaría de una vez, de que ya era hora. Pero se pasaba media mañana delante de la caja, observando el cuerpo dormido y sin emociones de Cid.

—¿Capitana? —Mereddyd se giró, bruscamente, y el rostro de la teniente Hasami la miraba con el ceño fruncido.

—Ah, teniente, es usted…

—Sí, perdone que le moleste… —Se interrumpió durante un momento y miró alrededor. Se agachó hacia ella y le cogió las manos, sus ojos brillaban extraños. —Mereddyd… ¿Estás bien? Me tienes muy preocupada, ya sé que es mejor no ponernos así, sin disimular y toda esa mierda, pero…. Estoy muy asustada. Te he estado observando. Apenas comes, a-apenas duermes. Te escucho tener pesadillas y sé q-q-que te levantas muchas veces de la cama y te paseas por la habitación y-y-y…

Las manos empezaron a empaparse de lágrimas, Mereddyd miraba como caían lágrimas por aquellos ojos que le fascinaban. Se mordió el labio. Le acarició el pelo y la abrazó. Ya estaba harta de ocultarse, de ocultarlo. Después de cinco años, ¿no estaba claro ya?

—Lo siento, cielo, lo siento… —contestó, con un nudo en la voz.

—Sé que es ese ser dentro del maldito bote… A mí también me asusta, también me preocupa, pero… Deberíamos abrirlo, conocerlo, saber qué va a pasar. Quitarnos ese peso de encima.

Se miraron en silencio mientras las últimas lágrimas caían. Mereddyd se levantó y reunió a todo el mundo delante del féretro. Ordenó que cogieran sus armas y apuntasen hacia la caja. Por precaución. La capitana Mereddyd Cormac se acercó poco a poco hacia el agujero y colocó la llave. Un giro y otro. Ahora al otro lado, y otro, y otro más. Respiró hondo. Y la giró por última vez. La audiencia contuvo la respiración. Todo se mantuvo en calma. Al menos durante unos segundos eternos.

—¡ALERTA, ALERTA! COLISIÓN INMINENTE. CAPITANA CORMAC, CAPITANA CORMAC, COLISIÓN INMINENTE. —La voz estática y profunda de la inteligencia de la nave Anémona gritaba asustada.

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó, asustada.

Las luces rojas empezaron a parpadear por toda la nave.

—HA APARECIDO ALGO EXTRAÑO DELANTE DE LA NAVE, CAPITANA. NO PUEDO ESQUIVARLO. NOS VA A TRAGAR. COLISIÓN INMINENTE.

La nave se sacudió durante unos instantes. Las paredes temblaban y la tripulación se agarraban donde fuese para no salir disparados. Todo se llenó de chispas y bamboleos mientras la voz metálica de la nave estallaba. El féretro comenzó a vibrar y Cid abrió los ojos. Una nube negra lo envolvió todo.

Mereddyd se despertó de golpe, sobresaltada. A su alrededor crecía un esplendoroso bosque y encima de su cabeza un cielo azul crecía por todas partes. No había ni rastro de su nave, ni de su tripulación. Parecía estar sola en aquel extraño lugar. La cabeza le daba vueltas, pero intentó levantarse. Se sacudió el polvo de su ropa y decidió echar un vistazo con la vana ilusión de intentar descubrir dónde diablos estaba. El verde intenso del bosque le recordaba a Éire, su hogar. Un pequeño planeta en la órbita del Sol Azul, cerca del Vórtice Megara. Refugio de gente que amaba la tierra. Lleno de paz y frondosos bosques. Recordaba correr por la hierba, entre los árboles y gritar hacia el cielo. Ella no había nacido para sembrar como sus padres, siempre tuvo la mirada fija en las estrellas. Y cuando pudo, corrió y voló… Sacudió la cabeza. Primero resolvería la situación en la que se encontraba y después, si daba tiempo, su vida.

En mitad del bosque se encontró con una especie de templo. Era blanco y resplandeciente. Unas columnas soportaban el peso del edificio. Mereddyd, boquiabierta, observó el frontón decorado con extrañas figuras y una especie de criatura espantosa sujetada por cadenas. Era como un búfalo que expulsaba una niebla alargada de su nariz. Dentro del templo parecía emerger una luz y se escuchaba un suave sonido, como un eco. Mereddyd decidió entrar. Encontró unas escaleras y empezó a bajar. Cada vez se adentraba más y más bajo la tierra. El murmullo crecía en intensidad. Era como una canción o un cántico.

—¡Oh, gran Lebhur! ¡Ven a nosotros! ¡Ven a nosotros y sálvanos!

Llegó a una especie de puerta y se asomó sigilosamente. Varias figuras encapuchadas con túnicas níveas cantaban al unísono. Delante de ellas había una figura con los brazos extendidos. Llevaba un símbolo en su ropa. Era como una especie de pez. Había algo raro en él, no entendía exactamente qué era. Ahogó un grito. ¿Acaso…? Unos pasos a su espalda la hicieron girarse pistola en mano. Eran varios robots que la apuntaban con sus propias armas.

—Zona restringida. No oponga resistencia, por favor. Sentirá un leve cosquilleo y después la muerte —dijo el que tenía más cerca. Mereddyd se fijó en que eran unos robots bastante viejos, como de modelos antiguos.

—¡Pruébame, vaquero! —contestó la capitana.

—¿Vaquero? Estos no podrían ni ordeñar una vaca, fíjate en esas manos tan grandes —dijo una voz entre risas.

Era la figura de los brazos extendidos. La miraba fijamente con unos ojos verdes intensos. Como el bosque. Mereddyd se quedó muda. Era Cid. El último de los Fundadores.

—Llevadla con la otra prisionera. Haremos que conozca también a nuestro señor.

Abrieron la puerta de la celda de una patada y la arrojaron dentro. Estaba mareada. Unas manos intentaron sujetarla y levantó la cabeza. Con la mirada borrosa no podía distinguir quién le estaba hablando. Pero el murmullo la tranquilizada. Poco a poco empezó a relajarse y su visión se aclaraba. Vio una sonrisa dulce. Hasami la sujetaba entre sus brazos. Por un segundo, un fuego dentro de su pecho la hizo estremecerse. Era como estar en casa, cálida, refugiada. Cerró los ojos.

—¿Dónde estamos? —susurró.

—No lo sé, cielo, es todo muy extraño —contestó Natto, mientras acariciaba la cabeza de Mereddyd.

—¿Es Cid, verdad? No podía creerlo, pero es la misma voz…

—Sí, aunque parece más joven que el que está en el bote de conservas. —Sonrió con su maravillosa boca— ¿Sabes? A lo mejor te parece una locura, pero tengo la sensación de que hemos viajado en el tiempo o algo así.

—Todo me da vueltas y no entiendo nada…

La puerta de la prisión volvió a abrirse de una patada y los robots volvieron a entrar, esta vez con cuerdas y palos.

—No se opongan, prisioneras. El amo os manda llamar. Es hora del sacrificio. Sentirán un leve dolor infernal y después la muerte. Gracias por su atención.

Fueron arrastradas mientras las sujetaban con cuerdas y palos para que no se moviesen, hacia donde estaban las figuras blancas. Los robots se retiraron y la estancia se llenó de esas formas alrededor de ambas, en silencio. Todas miraban hacia el altar. Y apareció Cid con los brazos extendidos y un rostro imperturbable.

—¡Gran Lebhur, oye nuestro cántico! ¡Te ofrecemos a estas dos extranjeras para tu disfrute! ¡Gran señor de paladar exquisito!

Las figuras en sus túnicas levantaron los brazos y repitieron el cántico. El templo empezó a temblar desde sus cimientos. Una suave neblina empezó a inundar la estancia. Las dos mujeres se miraron. Hasami sonrió. «Siempre intentando tranquilizarme… Si sobrevivimos a esto, iremos a casa. Quiero que veas los bosques verdes», pensó Mereddyd con ojos vidriosos. El cántico era cada vez más y más intenso y la niebla había empezado a subir y formar una especie de nube en el techo. Los encapuchados miraban hacia arriba y levantaban las manos con energía. De pronto, sintieron como las cuerdas que las sujetaban se desataban. Detrás de ellas estaba Cid con un cuchillo en la mano.

—¡Vamos, ahora estarán muy ocupados con su dios! —dijo con una sonrisa en el rostro. Sus ojos verdes brillaban.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó Hasami enfadada.

—No hay tiempo para explicaciones. Tenemos que huir. Cuando se den cuenta de lo que pasa, estaremos muertos.

Cogió a ambas por el brazo y las arrastró corriendo. Un gruñido gutural asoló la estancia y recorrió los pasillos. Mientras Cid corría se iba quitando la túnica con el pez dibujado y debajo llevaba una chaqueta de cuero y una especie de bufanda en el cuello. Subieron las escaleras del templo mientras desde abajo se escuchaban gritos de terror y de furia. El gruñido volvió a resonar por las paredes, como un eco. Salieron fuera del templo y corrieron por el bosque. Al cabo de un rato, Mereddyd se detuvo y los obligó a parar. Cogió su pistola y apuntó al Fundador.

—¿Qué ha pasado ahí dentro?

—Tranquila. No necesitas apuntarme con un arma para que conteste a tu pregunta —respondió Cid. Sus ojos ya no brillaban.

—No pienso bajar la pistola. Contesta.

Hasami se puso al lado de Mereddyd. Preparada para cualquier cosa.

—No existe ese Gran Lebhur. Esos maníacos tenían prisionero a esa pobre criatura. Hace milenios estos bosques estaban llenos de ellas, vivían pastando y correteaban por todas partes. Pero aparecieron cazadores, y tiempo después alguien los utilizó para la guerra. Ahora solo queda eso: un simple recuerdo, una sombra. Solo he hecho justicia.

—¿Justicia? ¿Quién eres tú para impartir justicia?

Un tenso silencio recorrió los árboles. Los ojos de Cid ya no parecían verdes. Eran grises y oscuros. Eran como los de un niño enfadado. Mereddyd bajó la pistola.

—Vámonos, Natto. Tenemos que volver a casa.

—Ahora os toca responder a vosotras una pregunta, ¿quiénes sois?

—No es de tu incumbencia. Vámonos.

Un clic las hizo detenerse. Cid las apuntaba con una pistola. Parecía divertirse.

—Yo también sé jugar a esto —dijo con una sonrisa muy diferente. Era aterradora.

—Soy la capitana Cormac. Solo voy a decirte eso. Recuérdalo. Tal vez eso te salve la vida alguna vez. Adiós.

Echaron a andar sin mirar atrás. Cid no disparó, apenas se movió. Observó, en silencio, cómo las mujeres se marchaban. Ellas caminaron sin rumbo durante mucho tiempo, internándose en el bosque. No sabían por qué no se detenían. Ni a dónde iban. Algo dentro de ellas les decía que tenían que seguir, que tarde o temprano volverían a casa. Al cabo de unas horas ambas se durmieron, cansadas, agotadas y abrazadas.

Al abrir los ojos estaba otra vez en la Anémona. Mereddyd miró a su alrededor y Natto estaba sentada a su lado, durmiendo. Estaba en la unidad médica. Cogió sus manos y ella se despertó. Se miraron en silencio, en paz.

—Todo explotó y te desmayaste… Cid habló antes de desmayarse también. Dijo: Cormac. ¿No es raro?

—Puede. Por favor, da la orden de que volvamos a casa.

—¿Cómo?

—A casa, quiero enseñarte los bosques verdes donde crecí.

Ambas se miraron a los ojos. Sonriendo. Se besaron.

 

Este relato pertenece al  #OrigiReto2019, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog).

Título: Sous le ciel d’Eiffel

Objetivo: 11 (Narra la aventura de alguien que viaja en el tiempo)

Objetos: 7 y 4 (Una letra del alfabeto griego y una criatura mitológica)

Palabras: 2015 (según contadordepalabras.com)

Test de Bechdel: Sí (creo)

Medallas: Destino Funesto (2/3), Feminista (1/6)

4 comentarios sobre “La caja de cristal | Relato de julio #OrigiReto2019

  1. Hola! Genial relato, me encanta como pones en situación, el misterio, los lugares y las situaciones que escribes me parecen espectaculares, lo de la Anémona me ha encantado, y la cantidad de movimiento que tiene el relato. Bien hecho, un saludito ^^

    .KATTY.

    Le gusta a 1 persona

    1. ¡Muchas gracias! Aunque debo admitir que no estoy muy contento con este relato, pero es verdad que el trasfondo me gusta y tiene que ver mucho con lo que estoy escribiendo últimamente y eso es genial. De verdad, me alegra muchísimo que te guste y gracias por comentar y por interesarte por él.

      ¡Un saludo!
      Miguel

      Me gusta

  2. Hola!!! Me ha encantado!!! Wow… todo el tiempo expectante a lo que venía, es más debo decirte que en un momento entré en la historia y fui una persona más. Los escenarios muy bien descritos de tal manera que logré como te decía estar en algunas escenas
    Solo vi una errata que pones tranquilizada y debería decir tranquilizaba. Lo demás genial!!
    Excelente

    Le gusta a 1 persona

    1. ¡Hola! ¡Muchísimas gracias! Me encanta que te haya gustado y haya conseguido la ambientación necesaria para poder meterse en la historia. Es algo súper importante para mí y me alegra mucho haberlo conseguido. ¡Gracias otra vez por pasarte por aquí! ^^

      Miguel

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s